San Ignacio es el gran maestro del discernimiento de espíritus
Juan Pablo II: "Ignacio supo obedecer cuando,
en pleno restablecimiento de sus heridas, la voz de Dios resonó
con fuerza en su corazón. Fue sensible a la inspiración del
Espíritu Santo..."
Por el
discernimiento de espíritu entendemos la capacidad de distinguir
cuando nos habla el Espíritu Santo y cuando los espíritus
malos.
Luis Goncalves de
Cámara escribió "Los Hechos de San Ignacio"
recogiéndolos de los labios del mismo santo:
-
Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de
caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e
imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que
le trajeran algunos de esos libros para entretenerse,
pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron
para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro
que tenía por título Flos sanctórum, escritos
en su lengua materna.
-
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir
algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A
intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído
en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el
recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su
atención durante su vida anterior.
-
Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia
divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos,
además de los que suscitaba en su mente lo que acababa
de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de
los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a
sí mismo:
-
"¿Y si yo hiciera lo mismo que San Francisco o que Santo Domingo?"
-
Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos
pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído
por cualquier motivo, volvía a pensar, también por
largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta
sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.
-
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en
las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran
placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se
sentía triste y árido de espíritu; por el contrario,
cuando pensaba en la posibilidad de imitar las
austeridades de los santos, no sólo entonces
experimentaba un intenso gozo, sino que además tales
pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta
diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia,
hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y
comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba
en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo
dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como
empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios.
Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas
espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a
comprender lo que sobre la discreción de espíritus
enseñaría luego a los suyos.
Regresar a San Ignacio