Capítulo IV

42. Y llegados a Venecia venieron las guardas a la barca para examinar a todos, uno por uno, cuantos había en ella; y a él solo dejaron. Manteníase en Venecia mendicando, y dormía en la plaza de San Marcos; mas nunca quiso ir a casa del embajador del emperador, ni hacía diligencia especial para buscar con que pudiese pasar; y tenía una gran certidumbre en su alma, que Dios le había de dar modo para ir a Hierusalem; y esta le confirmaba tanto, que ningunas razones y miedos que le ponían le podían hacer dubdar. Un día le topó un hombre rico español y le preguntó lo que hacía y dónde quería ir; y sabiendo su intención, lo llevó a comer a su casa, y después lo tuvo algunos días hasta que se aparejó la partida. Tenía el peregrino esta costumbre ya desde Manresa, que, cuando comía con algunos, nunca hablaba en la tabla, si no fuese responder brevemente, mas estaba escuchando lo que se decía, y cogiendo algunas cosas, de las cuales tomase ocasión para hablar de Dios; y, acabada la comida, lo hacía.

43. Y esta fue la causa porque el hombre de bien con toda su casa tanto se aficionaron a él, que le quisieron tener, y esforzaron a estar en ella; y el mismo huésped lo llevó al Duque de Venecia para que le hablase, id est, le hizo dar entrada y audiencia. El Duque, como oyó al peregrino, mandó que le diesen embarcación en la nave de los gobernadores que iban a Cipro. Aunque aquel año eran venidos muchos peregrinos a Hierusalem, los más dellos eran vueltos a sus tierras por el nuevo caso que había acaescido de la tomada de Rodas. Todavía había trece en la nave pelegrina, que partió primero, y ocho o nueve quedaban para la de los gobernadores; la cual estando para partirse, le viene al nuestro peregrino una grave enfermedad de calenturas; y después de haberle tratado mal algunos días, le dejaron, y la nave se partía el día que él había tomado una purga. Preguntaron los de casa al médico si podría embarcarse para Hierusalem, y el médico dijo que, para allá ser sepultado, bien se podría embarcar; mas él se embarcó y partió aquel día; y vomitó tanto, que se halló muy ligero y fue del todo comenzando a sanar. En esta nave se hacían algunas suciedades y torpezas manifiestas, las cuales él reprehendía con severidad.


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